Colombia avanza en inclusión financiera, pero aún le falta recorrido en acceso a vivienda. Casi 97 de cada 100 adultos tienen al menos un producto financiero, pero solo 3 tienen un crédito de vivienda. Al mismo tiempo, el país se convirtió en uno de arrendatarios: el 40,8 % de los hogares paga arriendo y solo el 38,1 % vive en vivienda propia.
Según Asobancaria, el 96,9 % de los adultos tiene al menos un producto financiero. Sin embargo, cuando se mira el acceso al crédito, la realidad es distinta. La tarjeta de crédito llega al 23,9 % de los adultos, el crédito de consumo al 19 % y el de vivienda, apenas al 3,2 %.
Y aquí hay una pregunta importante: ¿es suficiente medir la inclusión financiera por la entrada al sistema?
Creo que no. Tener una cuenta es importante, pero el verdadero salto ocurre cuando esa inclusión permite ahorrar, acceder a crédito y construir patrimonio.
Esa brecha también tiene una dimensión territorial. Según el Informe Nacional de Desarrollo Humano del PNUD, para 2022 Bogotá registraba un IDH de 0,786, mientras Chocó se ubicaba en 0,634, Vichada en 0,578 y Vaupés en 0,544.
Cuando se mira el acceso al crédito, las diferencias también son enormes. En 2025, el 61,6 % de los adultos en Bogotá tenía acceso a crédito formal. En Vichada era apenas el 8 %; en Vaupés, el 10,3 %; y en Chocó, el 11,1 %. Por supuesto, el IDH no explica por sí solo el acceso al crédito, pero las cifras sí muestran que las brechas territoriales también se reflejan en el acceso al sistema financiero.
Con la vivienda ocurre algo todavía más revelador. Bogotá tiene la mayor proporción de hogares en arriendo, con un 57,4 %, mientras que Chocó registra la mayor proporción de vivienda propia, con un 53,5 %. Pero ser propietario no siempre significa haber tenido acceso al mercado formal de vivienda. En muchos territorios, esa propiedad puede provenir de procesos de autoconstrucción, herencia o dinámicas informales que no pasan por el crédito hipotecario.
Las cifras más recientes muestran que el desafío continúa. Entre enero y agosto de 2026 se vendieron 105.226 viviendas nuevas en Colombia, un 11,7 % menos que en el mismo periodo del año anterior. El 60 % de la oferta disponible correspondía a vivienda de interés social.
En Bogotá, las cifras son diferentes. En los primeros ocho meses de 2026 se vendieron 33.995 viviendas nuevas, un 4,3 % más que un año atrás, y la inversión de los hogares en vivienda alcanzó $11,72 billones.
El crédito también muestra señales importantes. Solo en el segundo trimestre de 2026 se desembolsaron $6,95 billones para compra de vivienda en el país. A junio, el saldo de la cartera hipotecaria llegó a $160,2 billones, un 10,9 % más que un año atrás.
Después de trabajar de cerca con miles de familias que intentan comprar vivienda, hay algo que para mí es evidente: tener una cuenta bancaria no significa necesariamente tener una puerta abierta al crédito.
Las barreras siguen siendo muchas: ingresos insuficientes para asumir una cuota, falta de historial crediticio y, en muchos municipios, una oferta de vivienda formal muy limitada. Según el Reporte de Inclusión Financiera 2024, en el 67 % de los municipios el acceso al crédito de vivienda está por debajo del 1 % de sus adultos.
Por eso, la respuesta no puede ser solamente más subsidios ni limitarse a construir más vivienda. Tenemos que lograr que el crédito llegue a los territorios y, especialmente, a las personas que hoy siguen quedando por fuera.
Hay varios caminos.
El primero es empezar a medir la inclusión financiera también por su capacidad de generar patrimonio. Sería útil conocer, departamento por departamento, cómo se comporta el acceso al crédito de vivienda frente al IDH y al déficit habitacional.
El segundo es encontrar nuevas maneras de construir historial. Una persona que durante años ha pagado cumplidamente su arriendo, sus servicios o ha mantenido un ahorro programado está demostrando capacidad y disciplina de pago. Esa información debería tener cada vez más valor a la hora de acceder a financiación.
También necesitamos subsidios predecibles y focalizados, con reglas que permitan a las familias y a los constructores planear en el tiempo. El ciclo de parar y arrancar termina afectando especialmente a quienes tienen menos margen para afrontar la incertidumbre.
Y hay que mirar más allá de la vivienda nueva. La vivienda usada y el mejoramiento también pueden ser parte de la solución. En regiones donde la oferta de proyectos nuevos es escasa, aprovechar el inventario existente y mejorar las viviendas que ya tienen las familias puede ser una alternativa mucho más rápida que esperar nuevos proyectos.
Colombia hizo bien una primera tarea: ampliar enormemente el acceso al sistema financiero. Ahora viene una más difícil.
Que tener una cuenta no sea el punto de llegada, sino el comienzo.
La bancarización fue el primer paso. El segundo es que esa cuenta pueda convertirse en patrimonio. Y ese desafío se juega, sobre todo, fuera de Bogotá.
