El día que recuperen la democracia y retornen a su Venezuela del alma, ya me dirán quiénes ocuparán su lugar en restaurantes, panaderías, hoteles, construcción, recogiendo café y otros productos agrícolas, haciendo domicilios en Rappi, lavando carros y demás labores que desechan los colombianos.
Iván Duque los recibió con los brazos abiertos, igual que Joe Biden, pero Trump les dio un portazo y Petro les puso trabas por su complicidad con los matones socialistas.
Ahora el presidente De La Espriella coloca a miles de venezolanos en el disparadero sin necesidad, de pronto haciéndose eco de las voces que claman que Colombia era la Suiza latinoamericana, con urbes libres de todo delito, hasta que llegaron los “venecos”.
Yo misma he tenido que escuchar falacias como que los delincuentes colombianos hurtan sin violencia, que eso de matar para atracar solo lo vinieron a conocer tras el masivo arribo de los vecinos; hágame el favor.
De otra manera no se entiende el tono del discurso presidencial de “primero los colombianos, segundo los colombianos y tercero los colombianos”, como si en este país llegaran masas de migrantes distintos a los de Venezuela.
Y cuando anunció que Migración actuará contra los indocumentados para “proteger al ciudadano de a pie y devolverle a Colombia la seguridad y la tranquilidad con hechos contundentes”, es evidente que se refería a ellos.
Lógico que ordene operativos contra “los que tienen delitos”, aunque antes deben apresarlos y desarticular sus bandas, pero comete un error cuando amenaza con deportar de inmediato a “los que no tienen regularizada su situación (…) Se van, no los quiero”.
No hacía falta ser tan duro con los hermanos venezolanos, a los que iban dirigidas sus palabras. En la actualidad viven en Colombia algo más de 2.800.000, la mayoría producto del éxodo masivo de una década atrás. Los vimos caminar cientos de kilómetros a pie, con sus equipajes al hombro, sin apenas plata para subsistir en la amarga odisea, escapando de la represión y el hambre, y con destinos tan lejanos como Perú o Chile.
Nunca el mundo había conocido tamaña estampida de ciudadanos de una nación en paz, que había sido próspera hasta que la despiadada tiranía socialista la volvió paupérrima, invivible.
Que nadie se confunda: los venezolanos no emigraron a Colombia buscando un mejor porvenir por habitar un país pobre, sufrir una guerra o una hambruna por causas naturales. Tuvieron que dejar atrás su amada tierra y buscar otra nación donde pudieran alimentar a sus familias y no los persiguieran por pensar distinto.
Se fueron, ténganlo presente, porque un déspota, venerado por la izquierda colombiana y apoyado por Santos, implantó una dictadura cleptómana y criminal que saqueó las arcas del Estado hasta vaciarlas por completo.
Si la tiranía corrupta hasta los tuétanos no se hubiese atornillado en Miraflores, tengan por seguro que no habría en Colombia un solo venezolano rebuscándose el diario. Sería, más bien, todo lo contrario, como ocurrió durante decenios: millones de colombianos cruzando la frontera para conseguir trabajo y afincarse en la rica Venezuela.
Parece que olvidaron que en aquellas oleadas migratorias de colombianos se colaron miles de delincuentes, de guerrilleros. Y que hoy en día el ELN impone su terror en regiones venezolanas y controla, junto al Tren de Aragua y la GNB, la salvaje explotación ilegal del Arco Minero del Orinoco (estados Amazonas y Bolívar) que devasta la naturaleza.
Colombia, por tanto, no tiene autoridad moral para anunciar, con aire intimidante, deportaciones de “extranjeros” en situación irregular, a sabiendas de que se refieren a los venezolanos porque los pocos que arriban de otras nacionalidades suelen entrar con los papeles en regla, con contadas excepciones.
Y aunque muchos colombianos los acusen de ser los responsables de la violenta inseguridad urbana, el 60 por ciento de los compatriotas de María Corina Machado tienen un empleo formal y hacen todos sus aportes de ley. Si bien todavía un porcentaje significativo sigue en situación ilegal por lo costoso del pasaporte y el riesgo que supone sacarlo para los que apoyaron a Machado en los comicios de 2024, solo una ínfima porción pertenece a una banda criminal o roba y mata por su cuenta.
Según el Inpec, representan menos del 1 por ciento de la población carcelaria, aunque Maduro abrió las prisiones y nos envió a muchos de sus peligrosos delincuentes, incluido el sanguinario Tren de Aragua. También el chavismo permitió a las guerrillas usar a Venezuela de santuario, situación que no ha cambiado, puesto que los matones chavistas, con Delcy, Jorge y Diosdado a la cabeza, siguen en Miraflores.
En todo caso, con más de un millón de colombianos en Estados Unidos y otro millón en España, deberían ser comprensivos con los venezolanos en situación irregular y, más bien, ayudarlos a formalizarse. Y presionar a Marco Rubio para que acelere la transición y exista cooperación policial.
