OPINIÓN

Fernando Ruiz

“Business as usual”

La población colombiana está esperando señales de una nueva derecha que no vaya a gobernar para unos pocos y, por el contrario, impulse los cambios sustanciales que requiere la sociedad.
20 de julio de 2026 a las 10:10 a. m.

La derecha colombiana podría cometer el error más importante de su historia si asume este nuevo periodo de gobierno como el regreso a la Colombia de 2022. No comprender aquello que cambió en la sociedad colombiana —y que le dio a la izquierda más de 12 millones de votos— puede ser un error garrafal y abrir, de par en par, las puertas a su regreso en 2030. Parece aguafiestas plantear desde tan temprano esa eventualidad, pero es necesaria la anticipación para no repetir otro gobierno desastroso.

El gran crecimiento de la izquierda, a partir de la consulta de octubre de 2025, no se puede atribuir en su mayoría al rechazo a la figura de Abelardo De La Espriella. Es cierto que en muchos sectores de centro despierta resistencia, pero, una vez elegido, el escenario político cambió. Lo realmente importante es formularse y responder la pregunta sobre qué hizo a tantos colombianos optar por votar por el continuismo del gobierno más desastroso en Colombia desde 1998.

Petro nunca gobernó, no fue capaz de instrumentar los cambios por los cuales fue elegido; no logró convencer con la mayor parte de sus reformas sociales; puso en riesgo al Estado con los mayores ataques a su institucionalidad; nos dejó ver los colmillos de un horizonte totalitario a través de una constituyente; nos transformó en un país bizarro a nivel internacional y generó la mayor crisis fiscal con su manejo totalmente politizado y antitécnico de las finanzas públicas.

En cualquier país con una clase media educada, como sucede en Colombia, y donde los pobres hubieran sido sometidos a afectaciones en los servicios de salud y en las posibilidades reales de acceder a la educación y a otros servicios sociales, seguramente un presidente con un balance de gestión tan pobre terminaría con una aprobación cercana al 20 %. Pero en el caso de Petro no es así y hay que resolver la pregunta de por qué.

Se dirá que el populismo arrastró con políticas como el incremento inusitado del salario mínimo, pero 9 millones de votos adicionales no dan para tanto. Y seleccionar a un candidato tan oscuro como Iván Cepeda tampoco hizo la diferencia.

La respuesta está a la vuelta de la esquina, en las tremendas inequidades que existen y se han mantenido durante décadas entre territorios y grupos socioeconómicos de nuestro país. En eso, el delirante discurso de Petro desarrolló una profunda raigambre con el sentimiento de la nación. A ello se sumó la creciente desconfianza hacia la derecha tradicional, representada en los partidos políticos y muchos de sus dirigentes regionales y nacionales, que en el pasado no aportaron nada al pueblo, más allá de sus propios intereses.

De la Espriella tuvo la tremenda sagacidad de identificar ese hastío y pudo deslindarse. Pero una cosa es la campaña y otra muy diferente será el gobierno. No se puede repetir el error de Petro y reemplazar a los activistas de izquierda por activistas de derecha. Tendrá que recuperar la estructura tecnocrática que ha caracterizado al gobierno colombiano y que en el pasado le permitió mantener un nivel de crecimiento económico sostenido durante décadas.

Pero esa tecnocracia es, en parte, responsable del insuficiente crecimiento sin equidad. La población colombiana está esperando señales de una nueva derecha que no vaya a gobernar para unos pocos y, por el contrario, impulse los cambios sustanciales que requiere la sociedad. Eso luce fácil, con el escenario fiscal que dejó Petro, pero es necesario focalizar la inversión y a muchos sectores les corresponderá bajarse de la fiesta para obrar con grandeza, en beneficio del país. Regresar al pasado es un suicidio político.

La izquierda ya identificó ese escenario y lo preparó bajo el vestido de “desobediencia civil”, la cual también es un arma de doble filo, porque desobediencia, violencia y “estallidos sociales” quedan en la misma calle. Los colombianos aprendieron a desarrollar miedo y una alergia tan intensa a esos temas, que sería el peor escenario político para las posibilidades de la izquierda en 2030. Tampoco constituye una forma factible de lucha política porque tenemos ya el espejo de una Venezuela neutralizada.

Por eso es reconfortante que, en su gira por Washington D. C., el vicepresidente Restrepo repitiera en escenarios públicos y privados el concepto de que viviremos una última oportunidad —y probablemente irrepetible— que avaló el voto de unas mayorías. Pero por delante hay una inmensa tarea por desarrollar: se tendrá que demostrar el talante del gobierno y la inteligencia estratégica de los partidos políticos para que respondan a esa confianza mayoritariamente expresada en las urnas el pasado 21 de junio, así como a la incredulidad de los 12 millones de votantes que no lo hicieron.