Marcela estaba un poco contrariada. Le pidieron que diera su “sincera” opinión sobre unos cambios radicales que su jefe quiere implementar en su país. Ella decidió decir lo que realmente pensaba, aunque su compañera de oficina le dijo que mejor no se expusiera tanto y simplemente afirmara que todo estaba fabuloso.
Marcela no hizo caso y dijo tal cual lo absurdo que le parecía que se hicieran tantos cambios sin siquiera tener en cuenta la opinión de las áreas de ventas que manejan los clientes principales. Al final, como ya anticiparán, a Marcela le fue pésimo con su exceso de transparencia y decidió que en adelante iba a guardar silencio.
Y es que el silencio dentro de una organización suele ser mucho más costoso de lo que dictan los estados financieros. Hace poco estuve leyendo Organizaciones valientes, de Amy Edmondson, y pensé bastante en el caso de Marce.
En este libro la autora despoja al liderazgo de su armadura de infalibilidad para presentar una realidad urgente y es cuando el miedo es el principal enemigo de la innovación. Cuando un colaborador decide callar una duda o esconder un error por temor a parecer incompetente, la empresa pierde un gran activo. Pero parece que, en muchos casos, y específicamente en el caso del jefe de Marcela, no se piensa así.
De hecho, diversas investigaciones sobre dinámicas laborales sugieren que hasta un 85 % de los empleados han optado por guardar silencio sobre temas importantes en el trabajo al menos una vez, una estadística bien asustadora, que evidencia cuántas ideas brillantes y alertas críticas se quedan atrapadas en el nudo de la garganta por falta de un ambiente seguro psicológicamente.
El verdadero liderazgo hoy no consiste en tener todas las respuestas, sino en convertirse en el arquitecto de un entorno donde el disenso sea bienvenido. Esto implica transformar la cultura del castigo en una cultura de aprendizaje, donde alzar la voz no se vea como un acto de rebeldía, sino como un gesto de lealtad hacia la organización y sus líderes.
Las conversaciones incómodas son, en esencia, las únicas que realmente logran mover la aguja del progreso. Si no somos capaces de cuestionar el statu quo o de señalar un riesgo ético sin temor a represalias, estamos condenados a operar en una armonía artificial que tarde o temprano terminará por partirse en pedacitos.
La verdad es que es un poco corto de vista no entender la importancia de las voces diferentes, es vital entender que esta apertura no es solo un gesto humano, sino una ventaja competitiva.
Pensando en otro autor, Stephen M.R. Covey, en su libro La velocidad de la confianza, recordé que cuando la transparencia y la seguridad psicológica están presentes, los procesos se aceleran y los costos operativos bajan.
En estos casos la confianza actúa como un multiplicador de desempeño, sin ella, cada interacción requiere de un filtro de protección que vuelve más lenta cualquier iniciativa. Y la verdad es que al final del día inspirar no requiere de grandes discursos, sino de la coherencia necesaria para validar la vulnerabilidad del otro y por supuesto de uno mismo.
Cuando un líder es capaz de reconocer que no tiene todas las soluciones, abre una puerta invisible para que los demás también se atrevan a ser honestos. Buscar validarme a mí mismo haciendo encuestas sesgadas donde todos afirmen mis propuestas termina siendo, además de arrogante, un poco torpe. Mal el jefe de Marcela en esta historia.
Al final pienso que hoy el reto para los verdaderos líderes es dejar de premiar la obediencia silenciosa y empezar a celebrar la valentía de quienes, con su palabra, se atreven a construir una visión más transparente. Solo en los entornos donde es seguro fallar, es verdaderamente posible tener éxito. Al final, el liderazgo no se mide por el control que ejercemos sobre los demás, sino por la libertad que les damos para ser parte de la solución.
