Hace unos días recibí una llamada de alguien muy cercano que estaba pasando por un problema personal serio. La sentí preocupada, pero en una tranquilidad muy profunda que le hacía hablarme despacio, con una paz que le envidié por un instante porque la verdad es que sí me cargué bastante con lo que me contó. No sabía cómo ayudarla y eso me dolió el doble.
Pensé en cómo a veces nos enredamos persiguiendo problemas en situaciones incluso ridículas. Criticando a los demás, buscando un poco más de luz y reconocimiento, en luchas de egos en las organizaciones en las que trabajamos. Y, la verdad, todo eso me pareció insulso a la luz de la tranquilidad que mi amiga me mostró ante el nivel de problema que tenía.
Y es que en una época en que la productividad se ha convertido en el deber ser y la información en un océano que no acaba, reaparece con fuerza una pregunta que desde hace mucho me hago: ¿cómo encontrar sentido en medio del vértigo de vivir sin parar? La respuesta, para un número creciente de investigadores y pensadores (no solo para mí), está en una capacidad humana que durante siglos se consideró patrimonio de los místicos: la inteligencia espiritual.
Aunque la palabra ‘espiritual’ suele asociarse con religiones o prácticas contemplativas, la psicología moderna ha comenzado a darle un lugar distinto y eso me encanta porque no se prejuzga, no es subjetivo. Howard Gardner, creador de la teoría de las inteligencias múltiples, reconoció en 2012 que la inteligencia espiritual cumplía los criterios para ser considerada una inteligencia diferenciada. No se trata de fe, sino de la habilidad para dotar de significado a la experiencia, para conectar con valores profundos y para actuar desde un centro interior estable incluso cuando el mundo exterior se desordena.
Me puse en la tarea de averiguar más. Encontré que la investigación científica ha empezado a ponerse al día. Una revisión sistemática publicada en 2025 por Peñaranda Peña y Oyarzún Gómez analizó más de seis mil documentos académicos y seleccionó cuarenta y tres estudios de alta calidad. Su conclusión fue que la inteligencia espiritual es una capacidad medible que influye en la salud mental, la toma de decisiones y la resiliencia. No es un adorno filosófico, sino un recurso psicológico con efectos concretos. Fui feliz de llegar a esta conclusión porque no es un tema de hippies, más bien de almas que quieren conectar.
Y para terminar la argumentación les cuento que, en 2020, una investigación cualitativa basada en entrevistas a líderes de diversas tradiciones espirituales identificó competencias que se repiten más allá de credos o culturas, la consciencia, la trascendencia, el amor, el perdón, la libertad interior, la capacidad de encontrar sentido incluso en el sufrimiento y la gratitud como forma de estar en el mundo. Estas competencias no viven en las redes, en la IA, se manifiestan cuando una persona es capaz de mantener claridad en medio de una crisis, de transformar el dolor en aprendizaje o de actuar desde valores.
Este concepto resuena hoy porque vivimos en un mundo que nos exige velocidad, pero también profundidad. La incertidumbre global, la polarización y el agotamiento emocional han dejado claro que no basta con ser eficientes. Necesitamos ser íntegros. La inteligencia espiritual ofrece un marco para cultivar esa integridad, para reconectar con lo esencial y para recordar que la vida no se reduce a lo que producimos, sino a lo que somos capaces de comprender y encarnar.
Creo que muy pocos tienen historia en inteligencia espiritual. Creo que a otros ni siquiera les interesa. Sin embargo, quiero tener fe en que vamos progresando. Leí que algunas instituciones educativas han comenzado a explorar programas de interioridad, mindfulness y ética aplicada, pero aún falta un enfoque más integral que reconozca que formar seres humanos completos implica atender no solo la mente y las emociones, sino también esa dimensión profunda que da sentido a ambas.
Es más fácil no creer, en mi caso yo he decidido hacerlo y conectar con lo lindo que tiene un universo compartido.
Y es que hay momentos en que el alma se planta firme y dice ‘basta’, no para rendirse, sino para empezar a vivir con la verdad que ya no puede seguir callando.
