OPINIÓN

Claudia Varela

Alma al alza

Tal vez sea hora de actualizar nuestra definición de prosperidad.
26 de julio de 2026 a las 9:20 a. m.

Hace algunos meses a Caro la sacaron de su empresa después de 25 años. Entró cuando era practicante y logró una carrera super exitosa. Viajó, ganó premios, fue speaker, mejor empleada, mejores resultados, mejor infinito.

Cuando simplemente le dijeron que estaban restructurando su vida se partió en dos. No lograba entender que iba a hacer, que había pasado y lo peor, cómo iba a llenar la agenda ahora. Después de pasar un poco la “tusa” está en su mejor momento, entendió que había muchas cosas fuera, que estaba desperdiciando tiempo valioso por estar buscando esos premios internos en su compañía. Veo a Caro feliz.

Durante décadas nos vendieron un mapa de ruta que parecía muy claro; estudiar, escalar la pirámide corporativa, acumular títulos directivos, comprar la casa y cambiar de carro cada 3 años y ojalá tener hijos.

Nos enseñaron a medir el valor personal en función del tamaño del escritorio o la cantidad de personas a cargo o si las ventas son enormes o menores. Sin embargo, algo se empieza a dañar en el camino si no tienes claro lo que buscas. Hoy, el concepto tradicional de éxito no solo se siente desgastado, creo que está felizmente devaluado.

El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, resume muy bien “El sujeto de rendimiento se explota a sí mismo, con la diferencia de que la explotación se produce sin dominio ajeno [...] El explotador es al mismo tiempo el explotado.”

¡Y aparecen las llaves!. Esa es la paradoja del éxito hoy. Creímos que ascender nos daría libertad, pero en el camino transformamos nuestra propia agenda en un auto saboteador. Nos convertimos en los jefes más exigentes de nosotros mismos, sacrificando el sueño, la salud mental y la presencia real con los que amamos a cambio de una palmadita en la espalda corporativa y un bono anual que termina pagando la terapia.

Y entonces llega una forma distinta de afrontar esta realidad del “éxito”. En los últimos años, un número creciente de profesionales está tomando una decisión que antes parecía un suicidio profesional, renunciar. No para irse a la competencia por un salario 20 % mayor, sino para dar un paso al lado.

Hablamos de quienes abandonan las juntas directivas interminables para emprender a pequeña escala, trabajar como consultores independientes o, simplemente, aceptar un empleo con menor remuneración, pero con fronteras claras. A pesar de que sus colegas abran los ojos sorprendidos, se van, pareciera que se alejan del “éxito”. Ya varios me han dicho que están haciendo lo que quieren y tienen el corazón más lleno.

Para ellos, el éxito dejó de ser una cifra en la cuenta bancaria o un título deslumbrante en LinkedIn. El verdadero éxito se ha rediseñado como soberanía sobre el tiempo, en tener el poder de hacer lo que se quiere cuando se quiere (así sea una cita médica).

Qué tal suena poder comer sin mirar el correo, acompañar a los hijos al colegio sin prisa, dormir con la mente en calma. ¡Cambiemos la nueva métrica de la prosperidad!

Quienes logran escapar de la rueda del hámster corporativo suelen coincidir en algo y es que la transición no es fácil. Exige desmontar el ego, aprender a vivir con menos consumo superfluo y soportar la mirada perpleja de una sociedad que aún juzga a las personas por “lo que hacen” y no por “cómo viven”.

Pero la recompensa es monumental. Recuperar el control del tiempo no es una renuncia a la ambición; es redirigir la ambición hacia lo que verdaderamente importa. Para mi el éxito es hacer lo que te gusta en el horario que quieras. Ser feliz, tener paz. Sin que te importe además que opinan los demás.

Tal vez sea hora de actualizar nuestra definición de prosperidad. El éxito devaluado es aquel que te cuesta la vida para conseguirlo. El éxito real, el que cotiza al alza en el alma. ¿Tu estás en la trampa?