SEMANA: Con su último libro, El rugido de nuestro tiempo, usted se consolidó como experto en algo muy particular: entender a los gobernantes de hoy, con su mesianismo y sus visos radicales. Ahora, cuando el mundo está en un momento de tanta incertidumbre, necesitamos sus luces. ¿Cómo ve las cosas tras la captura de Nicolás Maduro?
Carlos Granés: Me temo que la captura de Maduro nos deja con más incertidumbres. O al menos con dilemas que deberían hacer pensar a los filósofos y juristas liberales. Es una muy buena noticia que una dictadura atroz esté en proceso de descomposición, pero es una pésima noticia que Estados Unidos se desentienda de la legalidad internacional. Es una fantástica noticia que en Venezuela, por fin, se liberen presos políticos y se impida que se sigan violando los derechos humanos, y es una noticia catastrófica que esto se haga mediante la vieja y colonial estrategia del protectorado. Es una maravilla que la opinión pública defienda el multilateralismo y la legalidad, y es una paradoja insoportable que estas grandes ideas y principios liberales escuden a un dictador que es la antítesis del liberalismo. Si la defensa de los derechos humanos y la defensa del derecho internacional se obstruyen mutuamente el camino y se convierten en metas igualmente deseables, pero excluyentes, el liberalismo está en problemas. Tenemos que encontrar respuestas para estas contradicciones.

SEMANA: ¿Usted cree que Donald Trump cambia con esta movida el nuevo orden mundial? ¿De qué modo?
C.G.: Sin duda. Puede incluso que el siglo XXI haya empezado de verdad el 3 de enero pasado. Está en su discurso de posesión de hace un año y está en su Estrategia de Seguridad Nacional: en el primero reivindicó a William McKinley, el presidente que se apropió de Puerto Rico, y en el segundo revitalizó la doctrina Monroe. ¿Qué significa eso? Que para Trump el hemisferio occidental es su zona de influencia y que Estados Unidos es el nuevo jefe que impone su dominio. Esto choca con el multilateralismo, el orden liberal y la preponderancia de los organismos supranacionales. Para los países militar y económicamente débiles como los nuestros es una mala noticia. Sin la protección de la ONU, de las cortes internacionales y de las organizaciones mundiales, quedamos muy indefensos a la lógica del poder. Además de esto, Trump no entiende a Occidente como la cuna de los derechos humanos, la democracia y el Estado de derecho, sino de la religión judeocristiana, la raza blanca y las naciones. Es una amenaza al orden liberal de posguerra.

SEMANA: ¿Qué le ha llamado la atención de Nicolás Maduro y su esposa en estos días que ha estado preso en Estados Unidos?
C.G.: No sabría qué decir… Tal vez sienten el alivio de quien finalmente, después de mucha incertidumbre, se encontró con su destino. El destino de los tiranos es ese: la cárcel.
SEMANA: En su libro, usted retrata muy bien a Gustavo Petro. ¿Cómo explica que de manera tan obsesiva, pese al final feliz que hubo tras la llamada, estuviera antes hostigando a Trump en este momento?
C.G.: Petro siempre ha querido ser un líder mundial y por eso agita sistemáticamente todas las causas globales: el antineoliberalismo, la crisis climática, Gaza o el antiyanquismo. Para un megalómano, y Petro lo es, tener de enemigo al hombre más poderoso del planeta es muy tentador porque crea el espejismo de que se compite en el mismo nivel. La provocación a Trump buscaba eso: llamar la atención, ser noticia, agrandar la vanidad presidencial que, por supuesto, es mucho más importante que la economía, la estabilidad y hasta la soberanía nacional.

SEMANA: ¿Le parece que ambos, Trump y Petro, tienen rasgos parecidos en su personalidad?
C.G.: Los países que gobiernan están a merced de su temperamento, de sus egos y de su Twitter. Ambos creen que el Poder Ejecutivo es la única instancia con poder de representación y que las otras instituciones son oligárquicas o wokistas, enemigas del pueblo, y que por eso se deben capturar, desmantelar u hostigar. Trump está obsesionado con los enemigos de la patria, especialmente los inmigrantes; Petro, con los opresores del pueblo, especialmente los sectores productivos. Ambos exhiben vulgarmente sus odios y manejan símbolos y retóricas de enorme hostilidad; no se llevan bien con la prensa, no les gusta rendir cuentas, no aceptan la realidad y viven en sus propios delirios de grandeza. Ambos están obsesionados con el siglo XIX. Petro quiere retomar la lucha de Bolívar; Trump, el imperialismo monroísta. Uno quiere liberar; el otro, engrandecer: ambos son nacionalistas y quieren regir el sur global o el hemisferio occidental. Se van a caer muy bien en la Casa Blanca.
SEMANA: ¿Cómo se explica que hayan pasado de ese tamaño de insultos y amenazas a hablar por teléfono y ponerse una cita en la Casa Blanca?
C.G.: Trump es volátil y pasa del garrote a la zanahoria. Ocurrió en Brasil: tras serias amenazas, ahora se lleva muy bien con Lula, y su viejo amigo Bolsonaro parece olvidado. Petro, por su parte, quiere ser reconocido. Quiere que el mundo le pare bolas. Quiere sentirse tan trascendente como Bolívar. Y hasta ahora no ha hecho ningún mérito para pasar a la historia. Tal vez lo más importante y mundialmente mediático que haga como presidente sea ir a la Casa Blanca y asegurarse de que Trump desestime cualquier acción atrabiliaria en Colombia.

SEMANA: Hablemos de su libro, que ha sido todo un éxito. ¿Cuál es el rugido de nuestro tiempo?
C.G.: Se refiere al ruido que hace un mundo que se desordena. Son los rugidos que oímos cuando empiezan a pasar cosas extrañas. He intentado hacer un análisis del desorden del mundo de la cultura, de la política y de la geopolítica. El resultado ha sido una especie de diagnóstico de todas estas cosas que crujen, que nos sorprenden y que nos tienen en un estado de confusión generalizada.
SEMANA: ¿Por qué dedicarle tanto trabajo a entender a Petro?
C.G.: Porque me interesa un fenómeno que no es nuevo en América Latina: el mesianismo. Estos personajes exacerbados que llegan al poder no a gobernar un país, sino a cambiar la historia, a refundarlo, a escribir nuevas constituciones. Él llegó con el propósito de cambiar la historia de Colombia. Sus proyectos de reforma fueron ambiciosos, radicales y tenían como consigna la totalidad. Su proceso de paz se llama paz total, un proyecto descomunal. Esa mentalidad es la que a mí me interesaba comprender.
SEMANA: Usted dice que Gustavo Petro “es el ejemplo vivo de la megalomanía y el mesianismo”.
C.G.: Sí. Petro se ha comparado con los artistas. Él forma parte de esa camada de políticos poetas que imaginan para sus países una obra inmaculada, tal como la tienen los artistas que se enfrentan al lienzo en blanco, e intentan llevarla a la realidad sin tener en cuenta el entramado institucional, la oposición y todo lo que hace que una democracia funcione.

SEMANA: Y este artista que es Petro se siente llamado a escribir la segunda parte de Cien años de soledad. ¿Verdad?
C.G.: Sí. Él hace constantes referencias a García Márquez e incluso se ha comparado con él. En sus memorias, el presidente dice que, si bien García Márquez era un genio con la palabra escrita, él tenía el don de la palabra hablada, y que su verbo se convertía en un huracán que arrastraba multitudes, creaba pueblo y tenía el mismo poder mágico de García Márquez. Además, en su periodo como guerrillero se puso como seudónimo Aureliano, en alusión al coronel Aureliano Buendía, y en algunos trinos ha dicho que es el último Aureliano. Entonces sí parecería que está persuadido de que García Márquez le ha dado el testigo para escribir la segunda parte de Cien años de soledad, que supondría redimir a una estirpe condenada a la destrucción. Él sería el encargado de conducirla a un nuevo Macondo, que es como una comunidad utópica, un paraíso perdido. Pero bueno, ese es también un síntoma de lo mal que entendió el libro.

SEMANA: ¿Qué entendió mal?
C.G.: En realidad, el coronel Aureliano Buendía es un personaje tóxico. Él lleva la guerra a Macondo, se enamora del poder, pierde contacto con la realidad por una megalomanía detonada por el contacto con las armas, con la guerra, con los poderosos. Es un personaje realmente odioso que acaba repudiado por su propia mamá; acaba solo, frustrado y derrotado. Lleva la guerra y la destrucción, y, por supuesto, no la justicia ni la paz ni nada. Es un personaje más bien trágico y, en ese sentido, también comparte características con Gustavo Petro.

SEMANA: ¿Por qué le parece trágico?
C.G.: Porque tiene aspiraciones redentoras supremamente elevadas. No solamente quiere cambiar la historia de Colombia, sino que quiere salvar a la humanidad del cambio climático, quiere hacer planificaciones económicas mundiales, quiere salvar Gaza. Tiene aspiraciones de líder global. Sin embargo, tiene todas las flaquezas de un personaje más bien pequeño, más bien modesto. Tiene defectos bastante visibles que le impiden estar a la altura de sus ambiciones, de sus sueños. Pero ojo, eso nos pasa a todos: nuestros sueños van por delante de nuestras capacidades. En el caso de Petro, esta es una tragedia exacerbada: la tragedia humana por excelencia, exacerbada y escenificada en el palacio de gobierno.
SEMANA: A Petro le quedan siete meses en el poder. ¿Qué está en juego en este tiempo?
C.G.: Está en juego la continuidad del proyecto del Pacto Histórico o un cambio. Vamos a elegir si se avala el proyecto petrista con un recambio que, por lo visto, sería Iván Cepeda. Nos parecemos, por un lado, a Chile y, por otro, a Perú. En Perú hay una fragmentación de la representación que básicamente la elimina. Por eso, hay tantos candidatos. Eso tiene un problema: empieza a vaciar la democracia de significado. Y nos parecemos a Chile porque todo indica que vamos a escoger entre una izquierda dura, con Iván Cepeda, y una derecha muy típica del mundo contemporáneo: una nueva derecha histriónica, performática, escandalosa, muy identitaria, que apela al patriotismo y se olvida de la política pública.
SEMANA: ¿Le parece que así es Abelardo de la Espriella?
C.G.: Sin lugar a dudas. Es un personaje muy parecido a Milei: el espiritismo, el entender la política como una performance, como un desafío, como una transgresión; el escándalo mediático y, además, el tener como pilar la batalla cultural. Al Movistar Arena fue uno de los asesores de Milei, Agustín Laje, un hombre que intenta dividir el campo político en amigos y enemigos.

SEMANA: Usted en su libro retrata a otros líderes. ¿Qué hizo mal Boric para no lograr la reelección de la izquierda?
C.G.: Boric llegó con demasiado utopismo juvenil al poder, demasiado joven, casi que por azar. Hizo un diagnóstico de la realidad chilena acertado en ciertos aspectos, pero equivocado en otros. Él identificó muy bien el malestar que produjo una modernización acelerada en Chile, el auge del mercado y las desigualdades que producía. Pero diagnosticó muy mal la solución a eso. Pensó que había que volver al pasado, al allendismo de 1973, y rechazar el periodo de la Concertación, que fue, recordemos, el momento en el que Chile casi alcanza a Portugal en nivel de vida.
SEMANA: ¿Y qué hizo bien AMLO para sí heredar el poder a Claudia Sheinbaum?
C.G.: Él creó redes clientelares nutridísimas mediante transferencias casi que en efectivo a su electorado. Inundó de dinero a la sociedad. Y eso le permitió mantener índices de popularidad elevadísimos y, además, ganar suficientes votos en las últimas elecciones para introducir una reforma constitucional de enorme calado y cambiar por completo el funcionamiento del Poder Judicial. Así insertó a México en un experimento, en un terreno desconocido. En la práctica, erosionó la división de poderes y dejó a México en una situación muy comprometida. Es una barbaridad. También desplegó una campaña de batalla cultural ejercida desde los medios, con el presidente como mayor comunicador. Eso y el dinero para mantener fidelidades pusieron a su sucesora en el poder.

SEMANA: ¿Cuál es la explicación de esa popularidad desmedida de Nayib Bukele?
C.G.: Él hizo un buen diagnóstico de qué es lo que querían los salvadoreños. Tenían un problema de seguridad terrible y él se propuso solucionarlo. Pero ojo: aquí lo que hay que entender es que no solucionó el problema de las maras porque tuviera políticas públicas efectivas. Lo solucionó después de barrer con la democracia en El Salvador. Antes de las megacárceles, llegó con el Ejército al Congreso. Inmediatamente después expulsó a los jueces neutrales y puso alfiles en el Poder Judicial. Y ya con los poderes públicos capturados, pudo hacer lo que se le dio la gana. Es muy efectivo en su guerra contra las pandillas porque suspende las garantías de un Estado de derecho y se da el lujo de cometer toda suerte de atropellos que son efectivos para combatir la delincuencia, pero que degradan la democracia.
SEMANA: ¿Por qué Javier Milei no tiene un éxito como el de Bukele?
C.G.: Porque Argentina es una sociedad mucho más compleja. Es una sociedad muy politizada, que venía de una fuerte polarización previa y donde la balanza se había inclinado hacia la izquierda inicialmente. Veníamos de un kirchnerismo que no acaba de morir, que todavía tiene bases muy fuertes. Tiene, además, anticuerpos que impiden que los mesianismos se apoderen finalmente de todas las estructuras del Estado. Milei tiene elementos muy mesiánicos. Si fuera por él, haría cosas aún más salvajes de las que ya hace, pero la institucionalidad no se lo permite.

SEMANA: Le quiero hacer una última pregunta, mucho más personal. Usted es ensayista. De hecho, muchos lo califican como el mejor ensayista de Hispanoamérica. ¿Por qué elige usted un oficio que incluso en el mundo de las letras es tan particular, en este mundo tan viral y de trinos radicales y rápidos?
C.G.: Bueno, no sé si el mejor. Quizás soy de los pocos escritores latinoamericanos que trabajan como ensayistas a tiempo completo. Es verdad que no muchos escritores se definen así. Yo lo hago básicamente porque me encanta escribir, me encanta la literatura, pero uso la literatura no para fantasear, no para imaginar, no para construir un mundo, sino para comprender. A veces recurro a la imagen de las malas películas de terror. Siempre hay una mujer que, a veces, está semidesnuda y oye un ruido en un desván oscuro. Enciende una cerilla y, en lugar de hacer lo sensato, lo racional –que es huir y evadir el peligro–, baja a ver qué es lo que está pasando. Baja a entender la causa del rugido: ¿de dónde viene el rugido? Eso es un ensayista también. Un ensayista es alguien que no soporta quedarse con la duda de por qué están pasando cosas extrañas. Entonces baja con una pequeña cerilla, un fósforo encendido, a ver qué es lo que está pasando. Las películas de terror funcionan porque apuntan a esa necesidad primordial del ser humano de no quedarse sin saber qué está causando esos ruidos misteriosos. Los ensayistas bajamos y esperamos que el público nos acompañe, leyendo los libros, para tratar de encontrar respuestas a esos fenómenos extraños que desordenan el mundo contemporáneo.









