Reportaje

Venezuela, ¿y qué viene ahora? Periodista venezolano narra lo que se vive en Caracas tras la captura de Maduro y el sueño de reconstruir el país

El periodista venezolano Deivis Ramírez Miranda narra desde Caracas lo que se ha vivido tras la captura de Nicolás Maduro. “Los venezolanos, a pesar de todo, mantienen la fe de que el país puede resurgir de las cenizas”.

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10 de enero de 2026, 6:44 a. m.
Deivis Ramírez, periodista venezolano, cuenta el ambiente que se vive en el vecino país desde la caída de Nicolás Maduro.
Deivis Ramírez, periodista venezolano, cuenta el ambiente que se vive en el vecino país desde la caída de Nicolás Maduro. Foto: AFP / GETTY IMAGES / AP

La captura de Nicolás Maduro no ha sido celebrada. No hubo manifestaciones de júbilo ni fuegos artificiales. Los venezolanos se mueven con cautela, entre el miedo y el secretismo. Las calles están marcadas por la incertidumbre, el colapso económico, las advertencias de grupos armados que rechazan cualquier gesto de celebración y una normalidad apenas sostenida. En ese panorama, reflejado en el rostro de cada ciudadano, una sola pregunta se repite en voz baja, casi como un susurro colectivo: ¿y ahora qué?

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La caída del dictador pone fin a un proyecto bolivariano iniciado en 1999 por Hugo Chávez, presentado en su origen como una apuesta por la justicia social. Sin embargo, Venezuela terminó transitando hacia el autoritarismo, la militarización de las instituciones, el control social y la normalización de economías ilegales.

La salida de Maduro del poder no implica la desaparición del chavismo, pues aún conserva seguidores y sectores que continúan creyendo en las promesas de la Revolución bolivariana y en una salida a los graves problemas que mantienen al país en terapia intensiva.

La caída del dictador pone fin a un proyecto iniciado en 1999 por Hugo Chávez, presentado en su origen como una apuesta por la justicia social.
La caída del dictador pone fin a un proyecto iniciado en 1999 por Hugo Chávez, presentado en su origen como una apuesta por la justicia social. Foto: AFP

Volcán activo

Para dimensionar la magnitud de la catástrofe venezolana basta un dato. El producto interno bruto (PIB) se contrajo en 75 por ciento entre los años 2013 y 2023, según cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI). Es un desplome propio de países devastados por guerras prolongadas. A ese colapso se sumó una hiperinflación que pulverizó la economía, destruyó el salario y borró cualquier ápice de estabilidad.

Hoy, el salario mínimo equivale a 0,5 dólares mensuales, una cifra que no alcanza para nada. No existe poder adquisitivo. La supervivencia cotidiana depende de una dolarización de facto (ilegal, desigual y excluyente) que funciona como un respirador artificial para una economía en terapia intensiva. En muchos casos, ese “oxígeno” proviene de remesas enviadas por familiares desde el exterior.

La industria petrolera, corazón histórico de la economía venezolana, pasó de producir más de 3 millones de barriles diarios a menos de 800.000, de acuerdo con datos de la Opep. La estatal PDVSA, que alguna vez figuró entre las empresas energéticas más importantes del mundo, quedó atrapada en una combinación letal de corrupción estructural, sanciones internacionales y politización extrema, factores que aceleraron su colapso operativo.

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El economista Asdrúbal Oliveros, socio-director de Ecoanalítica, advierte: “Mientras no se estabilice el mercado petrolero venezolano, no se estabilizará el mercado cambiario. Por eso hay que actuar con extrema prudencia en las decisiones financieras”.

El éxodo masivo completa el cuadro del desastre. Cerca de 8 millones de venezolanos abandonaron el país en busca de calidad de vida. Muchos no solo dejaron atrás su tierra, sino que también han debido enfrentar desprecio, estigmatización y xenofobia en los países de acogida. Hoy, una parte significativa de esa diáspora sueña con regresar.

La figura de María Corina Machado ha quedado a un lado tras la caída de Nicolás Maduro.
La figura de María Corina Machado ha quedado a un lado tras la caída de Nicolás Maduro. Foto: GETTY IMAGES/ AP

La sociedad del perdón

Un lugar común del lenguaje popular sostiene que “el venezolano es de memoria corta”. Sin embargo, el momento histórico sugiere lo contrario, tras casi tres décadas de deterioro, sufrimiento y supervivencia.

María Concepción Soto, en 2021, perdió a su hijo de 18 años, víctima de la falta de insumos médicos. Tras recorrer varios hospitales de Caracas, el joven murió a causa de una complicación respiratoria. “¿Cómo cree usted que yo pueda perdonarlos? Perdí a mi hijo, pasamos hambre, nos cerraban las puertas en la cara. Yo le pido a Dios que haga justicia. Nosotros no podemos”, relata.

Venezuela atraviesa además un colapso institucional profundo. Es el legado de una dictadura que socavó las bases de los organismos públicos. El sistema judicial perdió toda independencia y el control de la seguridad se ejerce bajo una lógica de armas y miedo, no de Estado de derecho.

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En ese entramado, la sociedad identifica a Diosdado Cabello, actual ministro de Interior, Justicia y Paz (sobre quien pesa una orden de captura en Estados Unidos y una recompensa de 25 millones de dólares), como uno de los principales operadores del aparato represivo. Él mismo lo dejó en claro esta semana al afirmar que “el país está en paz porque el Estado es quien tiene el control de las armas”.

Venezuela ha entrado en una fase de intervención quirúrgica. Tras la captura de Nicolás Maduro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, asumió un rol central en la conducción del proceso de transición, al anunciar que supervisará directamente cada paso del plan de recuperación y que ejercerá control sobre el sector petrolero con el objetivo de rescatarlo y, en un plazo aún no definido, devolverlo al pueblo venezolano bajo un Gobierno democrático que garantice beneficios mutuos para ambos países.

A pesar de las manifestaciones en el exterior, los venezolanos en su país no celebraron la captura de Maduro por miedo al régimen.
A pesar de las manifestaciones en el exterior, los venezolanos en su país no celebraron la captura de Maduro por miedo al régimen. Foto: Allison Robbert

En esa misma línea, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció un Plan de Atención Urgente estructurado en tres fases: estabilización, recuperación y transición. La iniciativa busca atender el colapso institucional, económico y social del país, con una hoja de ruta que prioriza el restablecimiento del orden básico antes de cualquier proceso electoral.

Se trata, en los hechos, de una suerte de Plan Marshall para Venezuela, una idea que ha sido bien recibida por analistas políticos y expertos en transición democrática. “Mientras no se desmonten las estructuras de coerción, no se desarme la cultura del miedo y no se reconstruya una institucionalidad mínima, el voto seguirá siendo un rito sin capacidad real de decisión. Venezuela no enfrenta un problema de calendario electoral, sino una tarea mucho más profunda y lenta: rehacer la república”, advierte el politólogo Luis Manuel Marcano.

Esta semana, el presidente Trump anunció un primer paquete de medidas que apunta a la recuperación de una economía devastada. Entre ellas figura la recepción y comercialización de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo venezolano, la inversión directa en el sistema eléctrico colapsado y la compra de productos estadounidenses por parte de Venezuela como mecanismo de compensación para financiar esas inversiones.

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A ello se suma una ronda de reuniones con empresas petroleras internacionales para cerrar un calendario de inversiones millonarias que permita el reflotamiento de PDVSA y, en consecuencia, la reconstrucción del país como estructura funcional de Estado.

A juicio de Jorge Luis Gaviria, doctor en Ciencias Jurídicas, el resurgimiento del país pasa, de manera ineludible, por la reconstrucción del Estado de derecho. “Toda inversión es necesaria y bienvenida, pero Venezuela requiere algo más que capital financiero, necesita capital humano altamente calificado, con estándares elevados de profesionalismo, que hoy existe, en buena medida, fuera del país. El compromiso de esos venezolanos formados será clave”, sostiene.

Deivis Ramírez Miranda cuenta en SEMANA como se vive el día a día en Venezuela, en medio de la intertidumbre política y social.
Deivis Ramírez Miranda cuenta en SEMANA como se vive el día a día en Venezuela, en medio de la intertidumbre política y social. Foto: CORTESIA

La tierra prometida

El venezolano común (el que sufre para conseguir medicinas; el que padece fallas eléctricas que le hacen perder los pocos alimentos que logra refrigerar; el que se desplaza en un transporte público deteriorado; el que soporta largas colas para adquirir productos regulados; el que vive bajo la imposición de colectivos armados; el que espera la remesa mensual de un familiar en el exterior para poder comer) sigue resistiendo. Es ese mismo venezolano el que, a pesar de todo, mantiene la fe y la convicción de que el país puede resurgir de las cenizas.

La mirada del mundo volvió a posarse sobre una nación que durante años exportó llanto, sufrimiento, crisis y resignación. Ahora la pregunta es otra: ¿cómo se vive en una Venezuela que el sábado 3 de enero de 2026 comenzó, tímidamente, a abrirle la puerta a la libertad?

Sus ciudadanos transitan los días con una felicidad contenida y una espera que a muchos desespera. La esperanza avanza en silencio, mientras la crisis económica, la única que no se detiene, sigue marcando el ritmo de la vida cotidiana.

Lo cierto es que la captura de Nicolás Maduro reactivó una idea que parecía enterrada bajo el miedo, la posibilidad real de sacudirse el yugo. Hoy, más que una consigna, vuelve a cobrar sentido una significativa estrofa del himno nacional, convertida otra vez en aspiración colectiva: “Gloria al bravo pueblo que el yugo lanzó”.


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