Antes de pensar en flores, colores o mesas, Ahmed Jessen mira el espacio y se pregunta qué no puede tocar. Dónde están las salidas, por dónde circula la gente, qué muros no deben competir con lo que va a ocurrir ahí dentro. Para él, diseñar un evento no empieza con una idea estética, sino con una lectura técnica del lugar.
“Lo primero que analizamos es la arquitectura del espacio y sus límites. Proponer algo inviable desde el comienzo es un error que se paga caro”, asegura.
Esa forma de trabajar se fue construyendo con los años: Ahmed empezó su carrera como diseñador de interiores en una empresa de eventos apenas salió de la universidad. Allí descubrió que el diseño no tenía que ser permanente para ser significativo y que a diferencia de los espacios que duran años, los eventos podrían ofrecerle otra lógica, la de crear atmósferas intensas, pensadas para existir solo por unas horas.

Así que luego de dos años, decidió trabajar por cuenta propia. Hoy, cuando ya han pasado ocho diciembres desde entonces, su nombre es una marca asociada a bodas y eventos sociales de alto nivel, aunque su discurso se mantiene lejos de la idea clásica del lujo.
“Para mí, una experiencia bien diseñada es la suma de muchos ‘momentos wow’. Desde que recibes una invitación hasta que te vas del evento, todo debe tener sentido para el invitado”, asegura el diseñador.
Y ese sentido no se impone, se construye a partir de preguntas. Por eso, uno de los primeros pasos que da al iniciar un proyecto es indagar en la vida de sus clientes. Busca recuerdos, viajes, restaurantes, ciudades, sensaciones, más allá de referencias decorativas inmediatas. Porque para Jessen la inspiración puede venir de una experiencia gastronómica en el extranjero o de una afinidad con ciertas texturas, colores o ritmos urbanos.

“Cada cliente es un universo distinto y nuestro trabajo consiste precisamente en filtrar esa información y traducirla en un espacio coherente”, dice. Ahora, cuando el cliente llega con ideas preconcebidas, muchas veces tomadas de redes sociales, el proceso se vuelve más delicado. Y pese a que no descarta esas referencias, sí las somete a su criterio técnico y estético.
“Hay combinaciones que simplemente no funcionan, y en esos casos, lo que hago es explicarle al cliente la teoría detrás y proponer una alternativa. La mayoría de las veces, se llega a un consenso”, explica.
Detrás de esa negociación hay estudio, teoría del color, historia del mueble y lectura del espacio, pero siempre desde la perspectiva del invitado, ya que pensar cómo entra una persona, qué ve primero y dónde se generan silencios incómodos evita que la experiencia pierda ritmo.

Ese nivel de detalle exige una ejecución a la misma altura y un trabajo colectivo. En ese sentido, Ahmed lidera la relación con los clientes y el diseño general, y cuenta con el respaldo de un equipo que incluye tanto a asistentes de producción, diseñadores florales, utileros y trabajadores en altura, como a una red de proveedores especializados.
Desde ahí se entiende su distancia frente a las modas pasajeras, pues en un entorno donde las tendencias cambian con rapidez, su enfoque es diseñar eventos que resistan el paso del tiempo.
“El objetivo que siempre tenemos en la cabeza es que, cuando en 20 años alguien vea las fotos de su evento, siga sintiendo que fue un buen momento”, señala.
Esa forma de pensar el diseño también ha ido ampliando el alcance de su trabajo. Hoy prepara un proyecto internacional en México, un evento íntimo para 12 personas que se desarrollará durante varios días y exigirá una precisión extrema en cada detalle. “En la marca vienen cosas muy grandes, no solo en Colombia. La idea es seguir trabajando sobre nuestra misma línea y hacerlo cada vez mejor”, concluyó.









